jueves, 14 de febrero de 2013



LA NAVEGACIÓN TORMENTOSA


Hoy día en que los enamorados entregan, afirman y demuestran su pasión, recuerdo que ya han pasado 303 días de aquel comienzo.
Aquella mañana despertó con la alegría de ser una jornada radiante cargada de emoción, ilusión y destino. Al levantarme puse la cafetera a realizar su labor como cada mañana, encendí el televisor y conecté mi ordenador con el fin de leer y escuchar a qué ritmo circulaba el mundo. Entre las dichosas y ya monótonas noticias sobre crisis económica mundial, accidentes de tráfico con sus correspondientes victimas, seres que ya habían dejado de existir en nuestros días, y previsiones meteorológicas, que por cierto eran excelentes, fundamentalmente el día se recreaba en la conmemoración del aniversario de la proclamación de la II República en España. Pero mi mente estaba puesta en una importante cita a la que debía acudir puntualmente al caer la tarde de esa jornada. Me embarcaba en la nave denominada “Ilusión” de la Naviera Transixua RodCan. Desde primeras horas analizaba cada detalle, el vestuario de entrada con el que debía acudir, mi intención de hacerlo acompañado de flores a la entrada que me hiciera parecer Héctor el conquistador. Todo estaba medianamente calculado, pensado y medido para que fuese un momento de los que se quedan grabados en el pasar de la vida.


Aquella embarcación partió de una forma maravillosa, donde la química y las emociones se entremezclaban con los dedos de las manos. Los cabellos eran acariciados y mecidos por la brisa mientras se paseaba por una inmensa cubierta donde cada pasamano dorado y cada escalón te permitían comenzar a confiar en cierta seguridad. En el fondo de mi recuerdo, está el escuchar las notas musicales de cortes románticos de Rocio Dúrcal mientras mis ojos se perdían en el hermoso y profundo horizonte.


Conforme fueron pasando las jornadas, algo extraño ocurría. Estar flotando entre la calma, la seguridad y el bienestar personal era de repente conmutado por una inestabilidad, intranquilidad e inseguridad que hacía que mi equilibrio emocional y físico quedara profundamente tocado. Cruzábamos entre corrientes marinas cálidas y apacibles para surcar sin esperarlo, mares embravecidos en los que las crestas de grandes olas salpicaban mi corazón. Los empujes de esa naturaleza cruel y destructora a babor y estribor, provocaban que mis pies dejasen de posarse sobre el suelo de aquella cubierta que en un principio me pareció ser la entrada del mismísimo cielo. A veces luché porque se navegara conscientemente utilizando como punto de avance las amuras, aunque los permanentes cambios de rumbo hacían desistir de los intentos.


Durante meses de navegación, esta transmutación de estados se hizo más frecuente cada vez y más peligrosa, donde los pasamanos dorados que al principio me manifestaban seguridad, ahora se convertían en grandes cuchillas cortantes de un triste y amenazante color gris oscuro.


Hace tres días que atraqué en puerto y pisé de nuevo tierra firme, y ahora es cuando comienzo a ver la travesía desde cierta distancia, a veces con cierta melancolía a pesar de todo y en otros momentos como un verdadero respiro por haber sobrevivido, aunque para ser sinceros, no quiero engañarme y acompañar a la lógica…. en cuanto me recupere embarcaré de nuevo en otra nave distinta, singular y esperanzadora, esperaré cada alba desde la cubierta para ver el horizonte y mis ojos llorarán de nuevo por vivir nuevas sensaciones.