Esta puñetera butaca dista mucho de lo que es la comodidad, aunque el paso de las horas sentado en ella hace incluso que curiosamente me acostumbre a sus malformaciones producidas por el tiempo y por tantos usuarios que deben haber reposado igualmente sus miles de segundos sobre estas cuatro patas.
Sin embargo es en ella donde me pongo a escribir este grito a la vida, esta reflexión bailada junto a las horas de madrugada, abrazándome al silencio que gobierna esta habitación de hospital.
Frente a mí, una parte de mi vida y mi origen.
Por supuesto los corazones y pulmones que están quejosos no son los físicamente míos, sino los de las personas que me trajeron a esta aventura pasajera, cortísima y febril que es la vida.
Entre estas mismas paredes y estructuras, hace poco más de una semana, el corazón de mi madre y sus –mis- pulmones, luchaban por volver a recuperar esa inspiración cargada de oxigeno suficiente para volver a hacerla sonreír de la misma manera que siempre lo ha hecho.
Ahora en esta ocasión tan cercana, son los mismos órganos vitales de mi padre los que luchan por la misma causa, los que batallan en un campo minado por las hojas arrancadas de viejos calendarios caducos.
Estos dos tallos, mi madre y mi padre, plantados fuertemente y apoyados sobre raíces vigorosas, anchas y totalmente equilibradas, fueron elevándose en el espacio de un jardín vital a diario acompañados de la única sabiduría real que es la que proporcionan las propias experiencias de nuestro existir, sabiduría que ponen al servicio de los únicos tres frutos que dieron.
Ahora, justamente ahora, cuando sus frutos nos hemos elevado en nuestros propios espacios y apoyados en las mismas calidades de nuestras raíces, es cuando, a pesar de haberlo escuchado miles de veces en nuestras vidas, vemos como nuestros tallos nativos comienzan a menguar y sus antiguos y admirables grosores van quedándose débiles y pálidos aquejados por las agujas del reloj.
Ahora, es justamente ahora, cuando imágenes multiplicadas por miles comienzan a pasear por mi memoria apoyadas por este silencio que me rodea con sus brazos y me da calor. Son momentos sellados desde la infancia, millones de pasos y carreras en los parques, regañinas proyectadas desde sus gargantas que ahora me suenan como las mejores obras y piezas clásicas. ¡Niño! ¡No hagas eso! ¡Come! ¡Ten cuidado que te caes y te lastimas!
¿Cuántos rotos de nuestros pantalones habrá cosido mi madre sin oír de ella ni la menor queja? ¿Cuántos minutos en la vida de mi padre habrán pasado en los que deseaba volver a casa tras sus jornadas laborales para abrazar de nuevo a sus hijos y a su mujer?
Hoy, recluido en este hospital en el que miran por su salud de forma admirable, lo veo y lo oigo hablando por teléfono con su otro “yo”, mi madre, dedicándole un tono de voz y unas palabras propias de enamorados octogenarios, restándole importancia a su propia enfermedad para no empeorar la de ella, conmutando su propia vida por la de su compañera en este jardín existencial.
Si de verdad Dios existe, le pido en este momento dejarnos disfrutar durante años ver esos sentimientos, escuchar sus voces, besar sus pieles de melocotón, enlazar sus manos a las nuestras y bañarnos en ese amor incondicional que se tienen. Quiero llegar a viejo y tener el honor y la posibilidad de ser igual que ellos.
A mis padres.

