viernes, 8 de marzo de 2013

Mis corazones me fallan



Esta puñetera butaca dista mucho de lo que es la comodidad, aunque el paso de las horas sentado en ella hace incluso que curiosamente me acostumbre a sus malformaciones producidas por el tiempo y por tantos usuarios que deben haber reposado igualmente sus miles de segundos sobre estas cuatro patas.

Sin embargo es en ella donde me pongo a escribir este grito a la vida, esta reflexión bailada junto a las horas de madrugada, abrazándome al silencio que gobierna esta habitación de hospital.

Frente a mí, una parte de mi vida y mi origen.

Por supuesto los corazones y pulmones que están quejosos no son los físicamente míos, sino los de las personas que me trajeron a esta aventura pasajera, cortísima y febril que es la vida.

Entre estas mismas paredes y estructuras, hace poco más de una semana, el corazón de mi madre y sus –mis- pulmones, luchaban por volver a recuperar esa inspiración cargada de oxigeno suficiente para volver a hacerla sonreír de la misma manera que siempre lo ha hecho.

Ahora en esta ocasión tan cercana, son los mismos órganos vitales de mi padre los que luchan por la misma causa, los que batallan en un campo minado por las hojas arrancadas de viejos calendarios caducos.

Estos dos tallos, mi madre y mi padre, plantados fuertemente y apoyados sobre raíces vigorosas, anchas y totalmente equilibradas, fueron elevándose en el espacio de un jardín vital a diario acompañados de la única sabiduría real que es la que proporcionan las propias experiencias de nuestro existir, sabiduría que ponen al servicio de los únicos tres frutos que dieron.

Ahora, justamente ahora, cuando sus frutos nos hemos elevado en nuestros propios espacios y apoyados en las mismas calidades de nuestras raíces, es cuando, a pesar de haberlo escuchado miles de veces en nuestras vidas, vemos como nuestros tallos nativos comienzan a menguar y sus antiguos y admirables grosores van quedándose débiles y pálidos aquejados por las agujas del reloj.

Ahora, es justamente ahora, cuando imágenes multiplicadas por miles comienzan a pasear por mi memoria apoyadas por este silencio que me rodea con sus brazos y me da calor. Son momentos sellados desde la infancia, millones de pasos y carreras en los parques, regañinas proyectadas desde sus gargantas que ahora me suenan como las mejores obras y piezas clásicas. ¡Niño! ¡No hagas eso! ¡Come! ¡Ten cuidado que te caes y te lastimas!

¿Cuántos rotos de nuestros pantalones habrá cosido mi madre sin oír de ella ni la menor queja? ¿Cuántos minutos en la vida de mi padre habrán pasado en los que deseaba volver a casa tras sus jornadas laborales para abrazar de nuevo a sus hijos y a su mujer?

Hoy, recluido en este hospital en el que miran por su salud de forma admirable, lo veo y lo oigo hablando por teléfono con su otro “yo”, mi madre, dedicándole un tono de voz y unas palabras propias de enamorados octogenarios, restándole importancia a su propia enfermedad para no empeorar la de ella, conmutando su propia vida por la de su compañera en este jardín existencial.

Si de verdad Dios existe, le pido en este momento dejarnos disfrutar durante años ver esos sentimientos, escuchar sus voces, besar sus pieles de melocotón, enlazar sus manos a las nuestras y bañarnos en ese amor incondicional que se tienen. Quiero llegar a viejo y tener el honor y la posibilidad de ser igual que ellos.

A mis padres.



jueves, 14 de febrero de 2013



LA NAVEGACIÓN TORMENTOSA


Hoy día en que los enamorados entregan, afirman y demuestran su pasión, recuerdo que ya han pasado 303 días de aquel comienzo.
Aquella mañana despertó con la alegría de ser una jornada radiante cargada de emoción, ilusión y destino. Al levantarme puse la cafetera a realizar su labor como cada mañana, encendí el televisor y conecté mi ordenador con el fin de leer y escuchar a qué ritmo circulaba el mundo. Entre las dichosas y ya monótonas noticias sobre crisis económica mundial, accidentes de tráfico con sus correspondientes victimas, seres que ya habían dejado de existir en nuestros días, y previsiones meteorológicas, que por cierto eran excelentes, fundamentalmente el día se recreaba en la conmemoración del aniversario de la proclamación de la II República en España. Pero mi mente estaba puesta en una importante cita a la que debía acudir puntualmente al caer la tarde de esa jornada. Me embarcaba en la nave denominada “Ilusión” de la Naviera Transixua RodCan. Desde primeras horas analizaba cada detalle, el vestuario de entrada con el que debía acudir, mi intención de hacerlo acompañado de flores a la entrada que me hiciera parecer Héctor el conquistador. Todo estaba medianamente calculado, pensado y medido para que fuese un momento de los que se quedan grabados en el pasar de la vida.


Aquella embarcación partió de una forma maravillosa, donde la química y las emociones se entremezclaban con los dedos de las manos. Los cabellos eran acariciados y mecidos por la brisa mientras se paseaba por una inmensa cubierta donde cada pasamano dorado y cada escalón te permitían comenzar a confiar en cierta seguridad. En el fondo de mi recuerdo, está el escuchar las notas musicales de cortes románticos de Rocio Dúrcal mientras mis ojos se perdían en el hermoso y profundo horizonte.


Conforme fueron pasando las jornadas, algo extraño ocurría. Estar flotando entre la calma, la seguridad y el bienestar personal era de repente conmutado por una inestabilidad, intranquilidad e inseguridad que hacía que mi equilibrio emocional y físico quedara profundamente tocado. Cruzábamos entre corrientes marinas cálidas y apacibles para surcar sin esperarlo, mares embravecidos en los que las crestas de grandes olas salpicaban mi corazón. Los empujes de esa naturaleza cruel y destructora a babor y estribor, provocaban que mis pies dejasen de posarse sobre el suelo de aquella cubierta que en un principio me pareció ser la entrada del mismísimo cielo. A veces luché porque se navegara conscientemente utilizando como punto de avance las amuras, aunque los permanentes cambios de rumbo hacían desistir de los intentos.


Durante meses de navegación, esta transmutación de estados se hizo más frecuente cada vez y más peligrosa, donde los pasamanos dorados que al principio me manifestaban seguridad, ahora se convertían en grandes cuchillas cortantes de un triste y amenazante color gris oscuro.


Hace tres días que atraqué en puerto y pisé de nuevo tierra firme, y ahora es cuando comienzo a ver la travesía desde cierta distancia, a veces con cierta melancolía a pesar de todo y en otros momentos como un verdadero respiro por haber sobrevivido, aunque para ser sinceros, no quiero engañarme y acompañar a la lógica…. en cuanto me recupere embarcaré de nuevo en otra nave distinta, singular y esperanzadora, esperaré cada alba desde la cubierta para ver el horizonte y mis ojos llorarán de nuevo por vivir nuevas sensaciones.

domingo, 20 de enero de 2013

La profesional de las emociones

Como la sal en una herida abierta, ella se introducía en mi corazón a sabiendas de que finalmente me escocería. Sus conocimientos y estudios sobre la mente humana los ponía al servicio de su propia vida y la de los demás convirtiéndola en una profesional de las emociones.

Arina iba a ser un nombre que retumbaría en mi cabeza durante horas y días, meses sin descanso a la espera de una salida. Ella sabía perfectamente cuándo, cómo y en qué momento debía mostrarse cálida y cercana, para transformarse de repente en un ser distante y calculador de los sentimientos. De nada sirvió demostrarle mi pasión por ella. De nada sirvió arrodillarme de forma humillante ante su amor controlado.

La invitación a la locura llamó a mi puerta con ánimo de hospedarse definitivamente. Suerte que alguna de mis ventanas estaban abiertas por donde poder escapar de este espacio sin retorno. Pude quedarme habitando con ella, pero la razón y una gran porción de lógica fue la que me hizo saltar de mí trono placentero.

Igual que una droga bien estructurada, su toxicidad aún permanece paseando por mis venas. Cada latido de mi corazón me hace sentir un dolor inesperado cargado de angustia y desesperación a la que invito a que abandone mi ser.
El conocimiento que te ofrece el transcurso de la vida a través de las primaveras cumplidas, me hace estar convencido que realmente ese dolor terminará aceptando mi invitación y huirá de mis entrañas dejándome finalmente en paz conmigo mismo. Nunca habrá más verdad que la que realmente siente nuestro propio corazón. Nunca será más veraz una caricia que la que nos demuestra nuestra propia piel al darla o recibirla.
Qué difícil es dejar de querer cuando realmente se ha querido. Qué difícil es dejar de amar cuando has surcado los océanos del bienestar emocional junto a una persona.

Iguel Hama